|
La enfermedad pertenece a los hechos
posibles en la vida del hombre. Llega inesperadamente y así
se la considera: algo casual, fortuito, surgido sin propia
participación.
En el siglo pasado se buscó la causa del enfermar en
tres grandes direcciones: una exterior, con la teoría
dela infección; otra interior, en la competencia inmunológica;
y la tercera, hacia el pasado en el material heredado y luego
en la genética.
La infección atribuye a microorganismos
(bacterias, virus, hongos, etc.) por el proceso de contagio,
la causa de ciertas enfermedades. Puede decirse que las medidas
de higiene y asepsia dieron base firme, en especial al avance
de la cirugía; este proceso hubiera sido imposible
sin esos recaudos. Es de objetar la lógica desviada
que se ha utilizado al no reparar primero en las condiciones
de susceptibilidad del organismo que hace propicia la
proliferación microbiana. Como dijera Pasteur: “
el germen no es nada, el terreno lo es todo.”
La epidemia de SIDA, en la década
del ´80, produjo un viraje del enfoque hacia el interior
del organismo humano y su sistema inmunológico. Éste
tiene su centro en la sangre, y constituye un “yo biológico”,
capaz de reconocer, neutralizar y guardar memoria diferenciando
lo propio de lo ajeno.
La competencia inmunológica es hoy punto de mira no
sólo en infecciones crónicas, especialmente
el cáncer. Es muy importante el siguiente descubrimiento:
que este sistema tiene interrelaciones medibles,
formando verdaderas redes, no sólo con el sistema nervioso,
sino con estados del alma. Situaciones de alarma o tensión
con exigencia de la actividad cerebral deprimen la inmunidad.
Ejemplos de ello van desde la educación precoz e intelectual
de los niños hasta inseguridad o violencia social en
adultos. También lo hacen la soledad, temor, desesperanza
y situaciones de vida no elaboradas crónicamente sostenidas.
Por último la genética
investiga el núcleo celular y sus alteraciones (ADN).
El principio en que se basa es el de la modificación
de los genes como causa de ciertas enfermedades ( entre ellas
el cáncer). Se reducen la vida y la enfermedad a meros
fenómenos físicos. Es sugestivo resaltar:1)
el que se haya convertido rápidamente en tecnología,
esto es conocimiento aplicable (alimentos, clonación);
y 2) paralelo con ese enorme avance la escasa información
pública que se tiene al respecto sobre los fundamentos
y pormenores de estos avances . Se afirma que el conocimiento
del genoma humano permitiría un futuro de salud para
todos con erradicación de la enfermedad.
¿Qué tienen en común
estos tres enfoques? Que nacen de una medicina física
y técnica basada en la observación exterior
del organismo, en los fenómenos físicamente
visibles. Esto ha demandado enormes esfuerzos y recursos.
No se pregunta:¿quién ha preparado este suelo
propicio?, o ¿quién elige determinado caudal
genético? , o ¿quién es capaz de transformar
emociones en anticuerpos? Esta concepción supone el
hombre como un ser biológico natural en el cual las
funciones anímicas superiores serían parte de
un complejo “mecanismo” cerebral.
Antroposofía:
una ampliación
La Antroposofía reconoce en
el hombre además de un cuerpo física, la vida
que lo penetra, el alma y el espíritu o Yo. A las funciones
vitales de crecimiento, nutrición, reproducción,
agrega la actividad del alma ( sensaciones, sentimientos,
deseos, impulsos) y la actividad espiritual del pensar. Vida,
alma y espíritu son realidades no visibles a los sentidos
comunes, pero sí comprensibles por sus efectos
a través de un pensamiento sano.
Es fundamental conocer que el desarrollo
normal del alma y el espíritu se realiza en
procesos opuestos a la vida, que generan desintegración
orgánica. La sustancia debe cesar en su actividad para
dejar un espacio donde despierta la vida consciente y la conciencia
de uno mismo. Este desgaste a la vitalidad es compensado por
procesos de autocuración, tal como ocurre durante el
sueño. El que la actividad anímico espiritual
conciente se interrumpa durante el mismo, debería ser
reveladora de que lo espiritual no corresponde a procesos
biológicos naturales sino “sobrenaturales”;
en caso contrario continuarían sin extinguirse, como
ocurre con la respiración o la actividad cardíaca.
Desde esta concepción ampliada
del hombre pueden caracterizarse dos formas de enfermar.
Una es aquella en que el sentir como
actividad del alma se amplía y profundiza. Tal es el
caso en que se siente dolor, desazón. Estando sano
los sentimientos quedan más o menos libres en la vida
del alma. En la enfermedad el sentir se profundiza, desciende
en lo orgánico. Es posible percibir un organismo suprasensible
responsables de estas diferencias de actividad, al que se
denomina cuerpo astral. Aquí se lo observa sumergido
más profundamente en el organismo respecto del estado
normal.
También el pensar, como actividad espiritual del Yo
humano, tiene una base física a la cual está
levemente ligado. Si este vínculo aumenta en intensidad
se produce una enfermedad paralítica con atonia o cese
de las actividades orgánicas. En este caso la parte
afectada deja de ser reconocida como propia, se convierte
en algo ajeno (como ocurre en un miembro paralizado y en la
insuficiencia de cualquier órgano). Una de las causas
de enfermar se debe entonces a una unión exagerada
de lo anímico-espiritual con el cuerpo. Aquí
los procesos de autocuración – de los que el
sueño es un ejemplo – resultan insuficientes.
Curar consiste en disminuir la intensidad de ese vínculo.
La segunda forma de enfermar es aquella
en que el ser anímico-espiritual no llega a vincularse
con el cuerpo físico. Éste entonces, valga la
paradoja, intensifica los procesos sanos, aumenta en vitalidad
propia. Aparecen congestiones, inflamaciones. La vida conciente
se opaca o disminuye (como ocurre durante la fiebre). Es posible
percibir la causa de ello en un organismo suprasensible que
se denomina cuerpo vital o etérico; en él se
basan la vida y la salud. En este caso la curación
consiste en un tratamiento adecuado para este cuerpo etérico.
Por lo tanto las verdaderas causas
de la enfermedad residen en la esencia de la constitución
del hombre. El ser humano es un enfermo; y no
sería hombre, es decir, ser de cuerpo, alma y espíritu,
si no hubiera de enfermar. Las demás
causas son simplemente efectos visibles
de esas causas suprasensibles.
|